—¿Y los regalos? —pregunté—. ¿El reloj de oro? ¿Las cenas? ¿El hotel?
Vanessa bajó la mirada.
—El reloj era para tu padre. CumplÃa sesenta y tres años y yo querÃa darle las gracias por ayudarme a investigar la historia de mi abuela. Las cenas eran reuniones con una abogada. Y el hotel…
Se interrumpió.
—¿Qué pasó en el hotel?
—Allà nos reunimos con una mujer que habÃa trabajado en el hospital donde nació tu madre. No querÃamos que nadie de tu familia se enterara antes de comprobar los documentos.
Me volvà hacia mi padre.
—¿Y por qué no me lo dijisteis?
Él tardó en responder.
—Porque encontramos algo que podÃa cambiar tu vida para siempre.
Sacó una segunda carta.
Esta vez, la letra era distinta.
Era la letra de mi madre.
«Adrian:
Hay una razón por la que siempre insistà en que, cuando tuvieras hijos, les pusieras el apellido de tu padre y les enseñaras de dónde venÃan.