La abogada fue clara: no debíamos convertir las coincidencias en certezas. Era necesario verificar cada nombre y cada registro.
Durante las semanas siguientes, la investigación continuó.
Mi padre dejó de esconderse detrás de su silencio y comenzó a contarme todo lo que recordaba de mi madre. Vanessa, por su parte, aceptó que su manera de protegerme había terminado haciéndome daño.
No nos reconciliamos de un día para otro.
Hubo discusiones, noches difíciles y momentos en los que volví a recordar aquella puerta abriéndose y a mi padre con una copa en la mano.
Pero, poco a poco, aprendimos a hablar sin escondernos detrás de las excusas.
Dos meses después, la abogada nos llamó con una noticia.
Había encontrado a una mujer llamada Elena, que vivía en otra ciudad y cuya documentación coincidía parcialmente con los registros del hospital. Las pruebas iniciales sugerían que podía ser la persona que mi madre había intentado ayudar décadas atrás.