Beatriz se volvió hacia ella.
—Nadie te obligó a firmar.
—No. Solo me dijiste que, si no aceptaba, mi padre perdería la casa, despediría a 12 empleados y sería culpa mía.
Ernesto cerró los ojos.
Mateo intervino.
—Hay algo más.
Lucía lo miró con dureza.
—Espero que esta vez no lo hayas guardado “para mañana”.
Álvaro extrajo una copia de un acta notarial. Clara había dejado a Lucía no solo una participación en la finca familiar, sino también un 6 % de las acciones de la antigua sociedad forestal, bajo custodia hasta que cumpliera 30 años.
—Eso es imposible —dijo Beatriz.
—Lo extraño —respondió Álvaro— es que esas acciones aparezcan cedidas después de que Lucía cumpliera 18, con una firma que un perito considera incompatible con la suya.
Nuria dejó el móvil sobre la mesa.
—Mamá… ¿firmaste por ella?