Salí de la iglesia con el vestido lleno de barro y 30 invitados riéndose mientras mi madrastra sonreía.-tete

Lucía no contestó a su madrastra. Apretó dentro del puño una pequeña pieza de latón, ovalada, con un pino grabado y el número 27. Era lo único que conservaba de su madre, Clara, fallecida cuando ella tenía 15 años.

Aquel matrimonio no había nacido del amor. Tampoco de una obligación legal. Había nacido de una trampa familiar.
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Beatriz llevaba meses intentando que Lucía renunciara a la parte que le correspondía de una finca forestal heredada de su madre. Ernesto, endeudado por una cadena de restaurantes que había fracasado, necesitaba vender los terrenos para evitar el embargo de la casa familiar en Valladolid. Lucía se negó. Entonces Beatriz convirtió cada comida en un juicio: que era egoísta, que no ayudaba a su padre, que a sus 31 años seguía “sin formar una familia”, que nadie soportaría a una mujer “tan complicada”.

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