“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos. Yo había conocido a aquel millonario frío mientras trabajaba horas extras para sobrevivir. En lugar de aceptar el cheque, pagué mi café y me marché. Pero una noche de tormenta, un secreto escondido entre mis apuntes puso varias vidas en peligro.

—Yo también te amo —admitió—. Pero no puedo arriesgar la tranquilidad de mi hija.

Le explicó que continuaría trabajando hasta terminar su contrato, pero después buscaría empleo en otra constructora.

También le pidió que dejara de visitarla.

Alejandro respetó su decisión, aunque sintió que nuevamente le arrancaban algo del pecho.

Durante dos semanas se cruzaron en la obra como desconocidos.

Él decía «señorita López».

Ella respondía «ingeniero Mendoza».

Don Arturo observaba aquella distancia con tristeza.

—Son dos personas que se quieren y se empeñan en hacerse la vida difícil —murmuraba.

Ninguno sabía que Valeria todavía ocultaba la conversación con Ricardo.

Y ninguno imaginaba que una noche de tormenta cambiaría todo.

A finales de septiembre, las autoridades meteorológicas anunciaron lluvias intensas en Guadalajara.

El responsable de seguridad de la obra ordenó suspender los trabajos de construcción y preparar las instalaciones antes de que llegara lo peor.

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