La última llegó con una bolsa de fruta y una petición que terminó de abrirme los ojos.
—Mi mamá dice que puedes regresar si le pides disculpas.
Dejé la toalla con la que estaba limpiándole las manos a mi mamá.
—¿Disculparme por qué?
—Laura, no hagas esto más grande. Además, esa casa algún día será nuestra. ¿De verdad quieres echar a perder nuestro matrimonio por unos meses?
Mi mamá abrió los ojos.
—Daniel…
Él la miró.
—¿Sí, señora?
Ella sonrió débilmente.
—¿De verdad estás tan seguro de que esa casa algún día será tuya?
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Qué quiere decir?
—Mamá —intervine—. No te canses.
Ella no volvió a explicar nada.
Pero desde aquel día empezó a hacer cosas que yo no entendía.
Varias veces habló por teléfono con un hombre llamado licenciado Chávez.