Seguí revisando.
Había transferencias por cientos de miles de pesos y documentos vinculados con una empresa cuyo administrador era Mauricio.
Cuando regresaron, guardé silencio.
Mi mamá sonreía como si nada.
—¿Qué quieres cenar, hijo? Hice enchiladas.
Mauricio abrió una cerveza de mi refrigerador.
Laura apenas probó la comida.
Entonces entendí algo.
Cada vez que mi mamá hablaba, Laura se tensaba.
Cada vez que Mauricio se acercaba, ella escondía las manos dentro de las mangas.
Esa noche esperé hasta que la casa quedó en silencio.
Laura volvió a acostarse dándome la espalda.
—No voy a tocarte —le dije—. Solo dime qué está pasando.
Ella comenzó a llorar.
Al moverse, la cobija se deslizó un poco.
Vi una marca oscura cerca de su brazo.
Con muchísimo cuidado levanté un poco más la cobija.
Y todo lo que había pensado sobre una infidelidad desapareció.
Laura tenía moretones en los brazos, las costillas y parte de la espalda.