Volví a casa después de seis meses fuera por una comisión militar y esperaba que mi esposa corriera a abrazarme.

Yo podía bajar y enfrentar a Mauricio.

Podía exigir explicaciones.

Podía romper cada botella de vino de aquel jardín.

Pero nada de eso recuperaría nuestros documentos.

Nada demostraría quién había hecho qué.

Necesitábamos pruebas.

—Mañana no les vamos a decir nada —dije.

Laura parecía sorprendida.

—¿Qué vas a hacer?

—Primero voy a averiguar qué alcanzaron a mover realmente.

A la mañana siguiente actué como si nada hubiera pasado.

Teresa estaba preparando café.

—¿Dormiste bien, hijo?

—Como piedra.

Mauricio apareció revisando su celular.

—¿Y qué? ¿Cuánto tiempo te quedas?

—Todavía no sé.

Por primera vez, vi preocupación en su rostro.

—¿No sabes?

—Tal vez bastante.

Mi mamá dejó de mover la cuchara durante medio segundo.

Fue suficiente.

Después del desayuno salí diciendo que tenía que hacer unos trámites relacionados con mi regreso.

En realidad fui a ver a la licenciada Natalia Robles, una abogada que años atrás nos había ayudado a revisar el contrato de nuestro local.

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