Cerré los ojos.
—¿Tiene que ver con las deudas que pusieron a mi nombre?
—Sí.
—¿Y con los 18 millones?
—También.
—Entonces dime dónde estás.
Sara me dio una dirección en Coyoacán.
Mauricio insistió en acompañarme.
Llegamos a una pequeña notaría situada en una calle tranquila.
Sara nos esperaba dentro.
Cuando la vi, la abracé.
—No vuelvas a desaparecer así.
—Perdóname.
Sobre una mesa había una caja de cartón vieja.
Sara la abrió.
Dentro encontré estados de cuenta, copias de identificaciones, contratos antiguos y recibos.
—¿De dónde salió todo esto?
—De nuestra madre.
Mi abuela.
Sara explicó que, poco antes de morir, había descubierto movimientos extraños relacionados con Arturo y Beatriz.
Guardó documentos porque sospechaba que estaban usando empresas familiares para conseguir créditos.
—Después tú llegaste a mi casa —continuó—. Tenías dieciséis años, estabas asustada y sólo pensabas en sobrevivir. No quise cargarte con más.