Él leyó el mensaje.
—Esto ya no es solamente un asunto financiero.
Durante las siguientes horas intentamos localizar a Sara.
Finalmente, poco después del mediodía, me llamó.
—Estoy bien —dijo antes de que pudiera preguntarle nada.
—¿Dónde estás?
—No importa.
—Claro que importa. Daniela acaba de llamarme y dijo que fuiste al hospital.
Sara guardó silencio.
—Tía, ¿qué sabes?
Escuché cómo exhalaba lentamente.
—Más de lo que quisiera.
—Entonces dímelo.
—No por teléfono.
—Todo el mundo me está diciendo eso.
—Porque tu padre está desesperado, Mariana.
La forma en que pronunció “tu padre” me hizo sentir otra vez como aquella adolescente con una bolsa negra en las manos.
—¿Desde cuándo sabes lo de Fernanda?
—Desde hace algunas semanas.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque al principio no tenía pruebas suficientes.
—¿Y ahora?
Silencio.
—Ahora tengo algo que Arturo ha escondido durante diecinueve años.