Mis padres me echaron de casa cuando perdí una pierna; 19 años después aparecieron exigiéndome $18 millones para salvar a la hija que siempre eligieron sobre mí

—No puede ser la misma empresa.

—Cambió de socios, de domicilio y de actividad registrada varias veces. Pero el origen es el mismo.

Me quedé inmóvil.

—¿Mis padres siguen relacionados con ella?

—Indirectamente.

Eso era peor.

Tomé mi teléfono.

—Voy a llamar a mi abogado.

—Hazlo. Y otra cosa, Mariana: no confrontes a tu familia todavía.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque desde que tus padres fueron a tu departamento, alguien ha estado preguntando cuánto dinero puedes mover rápidamente.

Aquello me dejó fría.

—¿Quién?

—Todavía no lo sé.

Esa noche casi no dormí.

A la mañana siguiente me reuní con mi abogado, Mauricio Salgado, en su despacho.

Mauricio conocía parte de mi historia porque años atrás me había ayudado con asuntos corporativos y con la última etapa de las aclaraciones financieras derivadas del robo de identidad.

Revisó los documentos durante casi una hora.

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