El hombre que bajaba las escaleras era Roberto Ramírez, el padre de Daniel.

Roberto abrió la carpeta.

—Son tus hijos, Daniel. Los cuatro.

La mujer rubia soltó el brazo de Daniel.

—¿Tus hijos? —preguntó, con la voz quebrada—. Me dijiste que nunca habías tenido hijos.

Daniel parecía incapaz de respirar.

—Yo no lo sabía…

—¡Claro que no lo sabías! —exclamé, sin poder contenerme—. Porque nunca te importó averiguarlo.

Mi voz retumbó en aquella sala.

Durante ocho años había imaginado muchas veces cómo sería enfrentarme a Daniel. Había pensado que lloraría, que le gritaría o que le preguntaría por qué me había dejado sola.

Pero ahora, frente a él, solo sentía un cansancio inmenso.

Roberto dejó la carpeta sobre la mesa.

—Mariana, estos documentos deberían haberse entregado hace mucho tiempo.

Me acerqué, pero antes de que pudiera abrirla, Daniel me detuvo.

—Espera.

Lo miré con incredulidad.

—¿Ahora quieres que espere?

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