El hombre que bajaba las escaleras era Roberto Ramírez, el padre de Daniel.

Emiliano miró por la ventana.

—¿Y si algún día queremos conocerlo?

Le acaricié el cabello.

—Entonces lo haremos despacio. Y yo estaré con ustedes.

Aquella noche, cuando los cuatro finalmente se durmieron, encontré un mensaje de Daniel.

«No espero que me perdones. Mañana voy a buscar asesoramiento para averiguar qué ocurrió con esos documentos. Y si me lo permites, quiero empezar por aprender a ser alguien en quien tus hijos puedan confiar».

No contesté.

Todavía no.

Porque mientras Daniel comenzaba a comprender lo que había perdido, yo estaba descubriendo algo que había olvidado durante ocho años:

No necesitaba que él regresara para demostrar que nuestra familia estaba completa.

Pero quizá, si de verdad estaba dispuesto a afrontar la verdad, mis hijos podrían decidir por sí mismos si había un lugar para él en sus vidas.

Y aún quedaba una pregunta sin resolver.

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