Emiliano miró por la ventana.
—¿Y si algún día queremos conocerlo?
Le acaricié el cabello.
—Entonces lo haremos despacio. Y yo estaré con ustedes.
Aquella noche, cuando los cuatro finalmente se durmieron, encontré un mensaje de Daniel.
«No espero que me perdones. Mañana voy a buscar asesoramiento para averiguar qué ocurrió con esos documentos. Y si me lo permites, quiero empezar por aprender a ser alguien en quien tus hijos puedan confiar».
No contesté.
Todavía no.
Porque mientras Daniel comenzaba a comprender lo que había perdido, yo estaba descubriendo algo que había olvidado durante ocho años:
No necesitaba que él regresara para demostrar que nuestra familia estaba completa.
Pero quizá, si de verdad estaba dispuesto a afrontar la verdad, mis hijos podrían decidir por sí mismos si había un lugar para él en sus vidas.
Y aún quedaba una pregunta sin resolver.