Me levanté despacio.
—Lara, hija, ¿ocurre algo?
Ella llegó frente a mí y se quedó mirándome.
Sus ojos recorrieron mi rostro, mis manos y, finalmente, el vestido verde.
Entonces se llevó ambas manos a la boca.
Y empezó a llorar.
No eran lágrimas discretas ni una emoción contenida.
Lloraba como alguien que acaba de encontrar algo que llevaba muchísimo tiempo buscando.
—No puede ser… —susurró.
Yo sentí que las piernas me temblaban.
—¿Qué sucede, mi niña?
Lara tomó mis manos entre las suyas.
—¿De dónde sacó este vestido?
Miré hacia abajo.
—Lo tenía guardado desde hace muchos años. Es viejo, lo sé. Quería comprarme otro, pero…
No pude terminar la frase.
Ella negó con la cabeza con tanta fuerza que una lágrima cayó sobre nuestras manos.
—No, Teresa. No diga eso. Por favor, no diga que es un vestido viejo.