—¡Eras tú!
Me abrazó sin importarle su vestido, las fotografías ni los invitados que nos observaban.
—¡Eras tú quien nos llevaba comida!
Entonces recordé su rostro.
No el de la mujer elegante que estaba frente a mí, sino el de una joven que había conocido décadas atrás, cuando apenas podía permitirse comprar lo necesario para su familia.
—¿Eres la hermana de Isabel?
—Sí —respondió—. Soy Patricia.
Y, de repente, todas las piezas comenzaron a encajar.
Veintitrés años antes, yo tenía treinta y cinco años y Marco era un niño pequeño.
Vendía verduras desde antes del amanecer. Vivíamos en una casa modesta, y el dinero apenas alcanzaba para cubrir el alquiler, la comida y los gastos escolares de mi hijo.
Un día conocí a Isabel en el mercado.
Se había mudado hacía poco al barrio y compraba verduras al final de la mañana, cuando algunos comerciantes reducían los precios para no llevarse la mercancía a casa.