Le llevaba flores después de jornadas agotadoras. Le preparaba café los domingos. Le prometía que algún día construirían una empresa juntos.
—No necesito la fortuna de tu padre —le había dicho una vez—. Solo necesito que creas en mí.
Phoebe lo había creído.
Incluso cuando Spencer comenzó a ganar más dinero y a pasar menos tiempo en casa, ella siguió defendiéndolo ante su familia.
Cuando él le pidió que mantuviera las cosas sencillas durante una etapa complicada de su empresa, ella aceptó.
Cuando le pidió que no utilizara las tarjetas de su familia, ella las guardó.
Y cuando comenzó a tratarla como si fuera una carga, Phoebe se convenció de que era el estrés.
Hasta aquella noche.
—¿Dónde estás? —preguntó Raymond.
—En la casa de Spencer.
—Entonces no vuelvas a pasar una noche allí si no quieres hacerlo. Enviaré a alguien por ti.