Desde el otro lado de la cocina, Alejandro observaba la conversación mientras recogía los platos.
—No la animes demasiado —dijo—. La semana pasada tuve que llevar al hospital a una muñeca porque, según ella, se había comido una moneda.
—¡Pero era una emergencia, papá!
Valeria volvió a reír.
Y aquella risa hizo que Alejandro se detuviera.
La había escuchado en otras personas, por supuesto. En las cenas de negocios, en las reuniones familiares y en las fiestas que había organizado durante los primeros años de su matrimonio.
Pero hacía mucho tiempo que no escuchaba una risa así dentro de su propia casa.
Una risa que no exigía nada.
Una risa que no escondía intenciones.
Una risa que no le recordaba lo que había perdido.
Cuando Sofía finalmente se fue a su habitación para preparar al Señor Oreja para dormir, Alejandro acompañó a Valeria hasta el recibidor.