Valeria sintió una punzada en el pecho.
—¿Y qué hizo mi padre?
—La encontró llorando una tarde mientras yo estaba en una reunión. No sé cómo consiguió que se acercara a él. Tal vez porque no intentó obligarla a hablar.
Alejandro sonrió débilmente.
—Se sentó en el suelo y comenzó a reparar un pequeño automóvil de juguete que ella había roto. Sofía se quedó observándolo durante casi una hora. Después le preguntó si podía enseñarle a usar un destornillador.
Valeria imaginó a su padre, con sus manos grandes y llenas de pequeñas cicatrices, sentado en el suelo de aquella mansión junto a una niña que acababa de perder a su madre.
—Mi padre siempre decía que arreglar cosas era más fácil que explicar por qué estaban rotas —murmuró.
Alejandro la miró sorprendido.
—Eso mismo me dijo.