Pero la puerta no se abrió.
A las siete de la noche, recibí un mensaje suyo.
«Mañana pasaré por mis cosas. Necesito que firmes los documentos cuanto antes. Mi abogado quiere cerrar el asunto esta semana».
Ni una disculpa.
Ni una explicación.
Ni siquiera una pregunta sobre cómo me encontraba.
Le respondí:
«No voy a firmar nada hasta que mi abogada revise los documentos».
Su contestación llegó casi inmediatamente.
«No compliques las cosas, Valeria. No tienes por qué convertir esto en una guerra».
Me quedé mirando la pantalla.
Durante años había confundido mi paciencia con una obligación de aceptar cualquier cosa.
Pero ya no.
Escribí una sola frase.
«No estoy convirtiendo esto en una guerra. Estoy dejando de pelear contra mí misma para protegerte a ti».
Después apagué el teléfono.
A la mañana siguiente llamé a la abogada cuyo contacto me había dado Andrés.