La fotografía de nuestra boda sobre la repisa.
Y una pequeña nota pegada en el refrigerador que decía:
«Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hizo. Te amo. —Santiago».
La había escrito tres años antes, después de que aprobara uno de sus exámenes más difíciles.
Me acerqué y la arranqué lentamente.
Después me senté en el suelo y lloré.
Lloré por la muchacha de veinte años que había renunciado a sus sueños porque creyó que el amor significaba poner siempre a la otra persona primero.
Lloré por las noches en que llegué a casa con fiebre y aun así preparé la cena porque Santiago tenía que estudiar.
Lloré por las joyas de mi madre que vendí sin pensarlo dos veces.
Y lloré porque, a pesar de todo, una parte de mí seguía esperando que la puerta se abriera y él entrara diciendo que había cometido un error.