Pero continué.
Con el tiempo, conseguí completar las etapas que me faltaban y avanzar en mi formación médica.
Durante ese proceso conocí a personas que me recordaron que la bondad todavía existía.
Profesores que me animaron a continuar cuando mis notas no eran las mejores.
Compañeros que compartieron conmigo sus apuntes.
Pacientes que me enseñaron que escuchar podía ser tan importante como conocer un diagnóstico.
Y, poco a poco, volví a sentir que pertenecía a aquel mundo que había dejado atrás.
Mientras tanto, el divorcio terminó resolviéndose mediante los procedimientos legales correspondientes. Se revisaron los asuntos patrimoniales y se formalizaron los acuerdos que finalmente aceptaron ambas partes.
No obtuve una fortuna.
No hubo una escena en la que Santiago perdiera todo lo que tenía.
La vida real no funciona así.
Pero conseguí que mis derechos fueran examinados y dejé de cargar con la idea de que debía aceptar cualquier condición por haber amado a alguien.