«Tú ya tienes suficientes problemas con la empresa», solía decirme.
Yo lo interpretaba como una muestra de cariño.
Ahora, mientras observaba su firma en la pantalla, me pregunté cuántas cosas había dejado de ver por confiar demasiado en ella.
No quería sacar conclusiones precipitadas.
Una firma podía falsificarse.
Un documento podía manipularse.
Pero necesitaba escuchar su explicación.
Salí del despacho y regresé al salón principal.
Rosa y Camila seguían allí.
La niña estaba sentada al borde de un sofá, con la mochila rosa sobre las rodillas. Su madre permanecía de pie, como si temiera que alguien pudiera echarlas en cualquier momento.
Cuando me vieron, ambas se levantaron inmediatamente.
—Señor, ¿podemos irnos? —preguntó Rosa—. No quiero que pierda más tiempo por mi culpa.
Aquellas palabras me dolieron.
Después de años trabajando para mi familia, aquella mujer seguía creyendo que pedir el dinero que había ganado era una molestia.