Pero aquello no era solamente dinero.
Era la confianza que había depositado en las personas que entraban y salían de mi casa todos los días.
—Bloquea las autorizaciones de pago de la residencia y conserva todos los registros. No borres ni modifiques absolutamente nada. Quiero una auditoría independiente.
—Entendido.
Colgué.
Entonces vi algo que me hizo detenerme.
Uno de los documentos tenía una autorización adicional.
No correspondía a Ricardo.
La firma pertenecía a alguien que conocía demasiado bien.
Mi esposa.
Valeria.
Llevaba veintisiete años casado con Valeria.
Habíamos construido una vida que, desde fuera, parecía perfecta. Una casa extraordinaria, viajes por el mundo, cenas con empresarios y una familia que aparecía sonriente en las fotografías de las revistas sociales.
Valeria siempre había sido elegante, inteligente y extraordinariamente hábil para manejar las relaciones personales.
También había insistido durante años en que yo no debía preocuparme por los asuntos domésticos.