—Tu mamá es una mujer sabia —le dije.
Camila sonrió por primera vez.
Y en aquel momento comprendí que la persona más valiente de mi mansión no llevaba diamantes, no tenía un despacho privado ni aparecía en las revistas.
Llevaba un uniforme escolar arrugado y una mochila rosa.
Pasaron varias semanas.
La auditoría reveló más irregularidades de las que habíamos imaginado. Los documentos fueron entregados a los abogados y a las autoridades competentes. Se iniciaron los procedimientos correspondientes para determinar las responsabilidades de cada persona involucrada.
Mi matrimonio con Valeria llegó a un punto de ruptura del que no pudimos regresar. No podía fingir que nada había ocurrido, y ella tampoco podía borrar las decisiones que había tomado.
Con Alejandro fue todavía más difícil.
Seguía siendo mi hijo.
Lo amaba.
Pero entendí que amarlo no significaba pagar sus deudas a escondidas, ocultar sus actos o utilizar mi influencia para evitar que enfrentara las consecuencias.