PART2 ; EL SECRETO QUE ESCONDÍA MI PROPIA FAMILIA

—No sé cómo agradecerle, señor —dijo Rosa, sosteniendo el comprobante.

Negué lentamente con la cabeza.

—No tienes que agradecerme que te paguen lo que te ganaste. Yo soy quien debe disculparse contigo.

Camila estaba a su lado, con la misma mochila rosa.

Esta vez sus trenzas estaban bien hechas.

—¿Entonces ya no van a mentirle a mi mamá? —preguntó.

Me arrodillé para quedar a su altura.

—Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que no vuelva a suceder.

Ella me observó con aquellos ojos serios que me habían detenido en medio del pasillo la noche anterior.

—Mi mamá dice que las personas buenas también pueden equivocarse.

Sonreí con tristeza.

—Tu mamá tiene razón.

—Pero también dice que lo importante es arreglar las cosas cuando uno hace algo malo.

No pude responder inmediatamente.

Porque una niña de nueve años acababa de expresar con más claridad que muchos de los empresarios con quienes negociaba lo que significaba tener principios.

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