Ricardo permaneció inmóvil.
Por primera vez aquella noche, entendí que el dinero desaparecido no había financiado una inversión legítima.
Había alimentado una cadena de mentiras.
—¿Y decidiste robarle a tu propia empresa para seguir apostando?
—¡No quería robar! ¡Iba a devolverlo!
—Eso no convierte el dinero en tuyo.
Alejandro golpeó la mesa con la palma.
—¡Tú nunca entiendes! ¡Toda mi vida he tenido que vivir bajo tu sombra! Todo el mundo espera que sea como tú. Que nunca me equivoque. Que siempre gane.
Lo miré durante un largo momento.
—¿Y creíste que convertirte en un ladrón te haría menos hijo mío?
Su rostro se descompuso.
—Papá…
—No.
Levanté una mano.
—No vuelvas a decirme que hiciste esto por la familia. No lo hiciste por la familia. Lo hiciste porque querías escapar de las consecuencias de tus decisiones.
Alejandro empezó a llorar.