—Mi mamá escuchó otra cosa.
Rosa abrió los ojos.
—Camila, no…
—Sí, mamá. Tienes que decirle.
La pequeña apretó el teléfono contra su pecho.
—Hace dos semanas, cuando mi mamá estaba limpiando el despacho de la señora Valeria, escuchó a la señora hablando por teléfono. Dijo que, si usted descubría lo del dinero, tenían que culpar a Ricardo y despedir a mi mamá porque ella era la única que podía contar lo que había pasado.
El rostro de Ricardo perdió todo el color.
Valeria retrocedió un paso.
Yo sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Es verdad? —pregunté.
—¡Está inventando cosas! —gritó Valeria.
Pero la niña no se movió.
—También dijo que su hijo ya tenía todo preparado para irse del país.
El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar el zumbido del aire acondicionado.