Yo conocía parte de aquel trabajo porque había participado en la auditoría antes de mi accidente.
Recordaba nombres, fechas y números de contratos.
Y recordaba dónde había guardado las copias de ciertos documentos.
—Abuelo —le dije—, hay una caja fuerte en el despacho de la villa. Detrás de los contratos antiguos hay una carpeta roja. Allí guardé las copias de las transferencias que descubrí antes de caer al lago.
Mi abuelo me miró sorprendido.
—¿Estás segura?
—Sí. Ahora lo recuerdo todo.
El abogado anotó la información y explicó que debían obtener esos documentos de manera legal, preservando las pruebas y evitando que nadie pudiera alterarlas.
Aquella carpeta podía ser decisiva.
Pero yo sabía que Hisham no tardaría en darse cuenta de que algo había cambiado.
Y no me equivocaba.
Esa misma tarde, recibí un mensaje suyo: