Pero comprendí algo importante: ellos todavía creían que yo era la misma mujer confundida y vulnerable a la que habían manipulado durante tres años.
Así que volví a cerrar los ojos y fingí estar inconsciente.
—Tenemos que llevarla al hospital —dijo Dina, nerviosa.
—No —respondió Hisham—. Si los médicos descubren algo extraño, empezarán a hacer preguntas. Llamaré a un médico privado. Diremos que se cayó por las escaleras.
Dina se mordió el labio.
—¿Y si recupera la memoria?
Hisham guardó silencio durante unos segundos.
Después pronunció unas palabras que me helaron la sangre.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que nunca pueda contárselo a nadie.
Sentí que me faltaba el aire.
Mi propio marido estaba hablando de acabar conmigo.
Pero no sabía que, en aquel instante, su esposa había recuperado cada recuerdo.
Y tampoco sabía que había cometido el mayor error de su vida: subestimarme.