Me llevé una mano a la boca.
—¿Y por eso intercambió a los bebés?
Teresa comenzó a asentir, incapaz de sostenerme la mirada.
—Pensé que nadie lo descubriría. Lucía estaba sola, no tenía dinero y no conocía a nadie en la ciudad. Yo tenía contactos en el hospital. Conseguí que una enfermera me ayudara a cambiar las identificaciones.
—¡Robaste a mi hijo! —grité.
Mateo se echó a llorar.
Me arrodillé frente a él y le tomé el rostro entre las manos.
—Mi amor, mírame. Tú no has hecho nada malo. ¿Me escuchas? Nada de esto es culpa tuya.
Él me abrazó con desesperación.
—Mamá, ¿ya no soy tu hijo?
Aquella pregunta me destrozó el corazón.
—Eres mi hijo desde hace ocho años. Te he amado cada día de tu vida y voy a seguir amándote siempre. Ningún papel ni ninguna prueba puede borrar eso.