Desde la puerta, Lucía nos observaba con lágrimas en los ojos.
Me acerqué a ella.
—Nunca quise quitarte a Daniel.
—Lo sé —respondió—. Y yo nunca quise separarlo de ti.
Nos abrazamos.
No éramos enemigas.
Éramos dos madres a las que les habían robado la verdad y que ahora debían aprender a reconstruir sus vidas sin convertir a sus hijos en víctimas de una segunda pérdida.
Ocho años de mentiras, una vida para sanar
Meses después, celebramos el noveno cumpleaños de Mateo y Daniel en una pequeña reunión familiar.
No fue una fiesta perfecta.
Hubo preguntas difíciles, silencios incómodos y momentos en los que alguno de los niños necesitó apartarse para estar a solas con sus pensamientos.
Pero también hubo risas.
Mateo y Daniel soplaron las velas juntos.
Alejandro me tomó de la mano.
—Ojalá hubiera confiado en ti desde el principio —susurró.