No solamente nos habían robado ocho años con nuestro hijo biológico.
También habían condenado a dos niños a crecer en medio de una mentira que ninguno de ellos había elegido.
El encuentro que lo cambió todo
A la mañana siguiente viajamos a la localidad indicada en la carta.
No sabía qué esperaba encontrar.
Tal vez una casa abandonada.
Tal vez una dirección que ya no existía.
Tal vez a una mujer que se negaría a hablar con nosotros.
Pero cuando llamamos a la puerta, escuché unos pasos al otro lado.
Una mujer de unos cuarenta años abrió.
Tenía el cabello oscuro, los ojos cansados y una expresión desconfiada.
—¿Sí?
Me costó pronunciar las palabras.
—¿Es usted Lucía Herrera?
La mujer palideció.
—¿Quién pregunta?
—Me llamo Mariana Torres. Hace ocho años di a luz a un niño en un hospital de Guadalajara.