Una mañana entró en la cocina mientras yo preparaba el desayuno.
—Mamá, ¿me haces un sándwich para llevar?
—Claro.
Mauricio estaba sentado a la mesa, revisando unos documentos.
—A mí también me vendría bien uno —dijo.
Lo miré con una sonrisa.
—Hazlo tú.
Emiliano soltó una carcajada.
Mauricio se levantó, sacó el pan y comenzó a preparar su almuerzo.
Yo los observé durante unos segundos.
Después me volví hacia la ventana.
La casa estaba tranquila.
No era una vida perfecta. Seguíamos teniendo problemas, preocupaciones y conversaciones difíciles. Pero habíamos dejado de fingir que todo estaba bien cuando no lo estaba.
Y eso había cambiado nuestra familia.
A veces, cuando preparaba la comida, recordaba a la mujer que había sido doce años atrás: la esposa que creía conocer cada detalle de su marido, la madre que confiaba en que las rutinas sencillas eran prueba de una vida segura.