Aquella mañana, Mauricio se acercó a mí con una taza de café.
—Quiero preguntarte algo —dijo.
—Te escucho.
—¿Alguna vez vas a poder perdonarme por completo?
Lo miré.
Durante mucho tiempo había pensado que el perdón debía ser una puerta que se abría de golpe.
Un día estabas enfadada.
Al día siguiente, ya no.
Pero la vida no era tan sencilla.
—No sé si el perdón funciona así —respondí—. Hay cosas que ya no me duelen como antes. Otras todavía me duelen. Y quizá siempre recuerde lo que pasó.
Mauricio asintió.
—Lo entiendo.
—Pero ya no quiero que nuestro matrimonio se construya alrededor de aquella mentira. Si seguimos juntos, quiero que sea porque lo que hacemos hoy merece la pena.
Él me tomó la mano.
—Eso es lo que quiero también.
No le prometí que todo estaría bien.
No le prometí que nunca volvería a desconfiar.