Lo encontré sentado en el jardín de su casa.
—Daniela —dijo—. Gracias por venir.
Me senté frente a él.
—¿Cómo se encuentra?
—He tenido días mejores.
Permanecimos un rato en silencio.
Después me entregó una pequeña caja.
—Quiero que tengas esto.
La abrí.
Dentro había una fotografía de Mauricio cuando tenía unos seis años, sentado sobre las rodillas de su madre.
Detrás estaba escrita una frase:
«Que nunca confunda el amor con la obediencia».
—¿Qué significa? —pregunté.
Esteban miró hacia los árboles.
—Mi esposa me la escribió cuando Mauricio era pequeño. Yo quería que nuestro hijo siguiera mis pasos, que estudiara lo que yo había estudiado y que dirigiera la empresa. Ella me dijo que un padre debía preparar a sus hijos para vivir su propia vida, no para repetir la suya.
Se le humedecieron los ojos.