—Así que tú eres Daniela.
No respondí.
Miré a Mauricio.
—¿Quién es este hombre?
Mi esposo abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
La mujer del sedán gris intervino.
—Daniela, mi nombre es Patricia Salgado. Soy abogada. Y este hombre es Esteban Montenegro.
El apellido me resultó familiar.
Lo había escuchado en las noticias económicas. Montenegro era el apellido de una familia propietaria de empresas de construcción, hoteles y varios edificios comerciales en Jalisco.
Miré al anciano otra vez.
—¿El empresario?
Esteban asintió.
—Entre otras cosas.
Solté una risa nerviosa.
—No entiendo. ¿Por qué están hablando de mi esposo como si fuera alguien importante?
El anciano clavó la mirada en Mauricio.
—Porque tu esposo es mi hijo.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Mi único hijo varón —añadió Esteban—. El heredero de una empresa que factura miles de millones de pesos al año. El hombre que debería haber asumido la dirección de mis negocios hace más de una década.