Directamente hacia mí.
—¿Qué está haciendo? —susurró una mujer.
Santiago se detuvo frente a mi asiento.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Esto es por ti, mamá.
Tragué saliva.
Entonces añadió:
—Y por los dos.
—¿Por los dos?
Santiago metió la mano en un pequeño bolsillo que alguien había cosido cuidadosamente dentro del vestido.
Sacó un objeto diminuto envuelto en papel de seda.
Me lo puso en la palma.
—Santiago… ¿qué es esto?
—Ábrelo.
Mis manos comenzaron a temblar.
Desenvolví lentamente el papel.
Cuando vi lo que había dentro, dejé de escuchar las risas.
Era un pequeño broche antiguo.
Lo reconocí inmediatamente.
Había pertenecido a alguien cuyo nombre no pronunciábamos en casa desde hacía meses.
Alguien que también había usado aquel vestido rojo.
Me tapé la boca.
—No puede ser…
La mujer sentada junto a mí alcanzó a verlo.