Todo encajó de golpe.
La promesa.
El vestido.
El broche.
La fecha.
—¿La tienes? —pregunté.
Santiago negó.
—Teresa la tiene.
—Entonces vamos por ella.
Mauricio se interpuso.
—No.
Lo miré.
—Quítate.
—Lucía, piensa. Nuestra hija murió en un accidente. No conviertas su memoria en una investigación absurda por unos problemas financieros.
—Si es absurdo, ¿por qué estás tan asustado?
No respondió.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Bueno?
Una mujer habló.
—¿Señora Lucía Hernández?
—Sí.
—Soy Teresa Salgado.
Miré a Santiago.
—Estoy con Santiago.
—Lo sé. Él me dijo que hoy sería la graduación.
La voz de Teresa temblaba.
—Necesito que venga a mi casa esta misma noche.
—¿Por qué?
Hubo silencio.
—Porque abrí la caja.
Santiago levantó la cabeza.
Mauricio dio un paso hacia mí.
—Lucía, cuelga.
Me alejé.
—¿Qué encontró, maestra?
—Fotografías, copias de documentos y una memoria USB.