Entonces abrió una fotografía.
Valeria había tomado una imagen de varios documentos extendidos sobre el escritorio.
No podía leer todos los detalles desde ahí.
Pero reconocí mi nombre.
Lucía Hernández de Ramírez.
Debajo había una firma.
Parecía la mía.
Pero no lo era.
—Eso no lo firmé yo.
Mauricio bajó la voz.
—Podemos hablarlo en casa.
—¿Cuánto dinero?
No respondió.
—¿Cuánto?
Santiago amplió la fotografía.
La cifra apareció.
$1,850,000 pesos.
Sentí náuseas.
Era un crédito respaldado parcialmente por nuestra propiedad.
—¿Usaste mi firma para pedir casi dos millones de pesos?
—No fue así.
—Entonces explícame cómo fue.
Mauricio se pasó ambas manos por el rostro.
—Mi empresa estaba pasando por una situación difícil.
Eso sí lo sabía.
Su negocio de distribución había perdido dos clientes grandes.
Pero él siempre aseguraba que todo estaba bajo control.