Mi esposo negó lentamente.
—No lo hagas.
—¿De qué? —repetí.
Santiago deslizó el dedo por la pantalla.
Había otro audio.
Mauricio intentó acercarse.
Yo me interpuse.
—Ni se te ocurra tocar ese teléfono.
—Lucía…
—Escuché durante meses que tenía que dejar descansar a mi hija. Escuché que preguntar era hacerme daño. Escuché que debía aceptar lo ocurrido.
Sentí que la rabia reemplazaba lentamente al miedo.
—Ahora vas a escuchar tú.
Santiago reprodujo el segundo mensaje.
La voz de Valeria volvió.
Pero esta vez sonaba diferente.
Nerviosa.
—Santi, encontré unos papeles en el despacho de papá.
Mauricio cerró los ojos.
Valeria continuó:
—Hay una póliza a mi nombre. Y también encontré documentos de un préstamo. No entiendo todo, pero aparece la firma de mamá en unas hojas que estoy casi segura de que ella nunca firmó.
Sentí un golpe en el estómago.