Mi padre levantó su copa dentro de mi propia casa y soltó, delante de toda la familia:

—¿Por qué meter a Mariana?

—Todavía no lo sabemos.

Mi teléfono vibró.

Era mi padre.

Contesté.

—¿Qué hiciste? —gritó.

—¿Con qué?

—¡No hay electricidad!

—Habla con la compañía.

—Esta casa tiene niños, Gabriela.

Miré la pantalla.

—Qué curioso. Hace una semana era mi casa. Hoy dices que es tuya.

Hubo silencio.

Después escuché su respiración pesada.

—No empieces.

—Entonces dime algo sencillo. ¿Por qué Mariana tenía que mudarse precisamente este domingo?

—Porque ya te expliqué que…

—No. Me dijiste que necesitaba espacio. Estoy preguntando por qué hoy.

Silencio otra vez.

Fue suficiente.

Había tocado algo.

—No sé qué estás insinuando —dijo finalmente.

—Yo tampoco. Todavía.

Colgué.

Mauricio habló inmediatamente.

—No vuelvas a confrontarlo sobre los documentos hasta que sepamos exactamente qué presentó y ante quién.

—Entendido.

Durante las siguientes horas comenzaron a aparecer piezas que nadie en mi familia esperaba que yo pudiera conectar.

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