Ricardo introdujo la llave de repuesto que mi padre había conservado sin decírmelo.
La puerta abrió.
Uno por uno comenzaron a meter sus cosas.
Yo no llamé para detenerlos.
No discutí.
Solo observé.
Porque junto a mi computadora había una carpeta sellada que ellos jamás habían visto.
Dentro no había únicamente documentos sobre la propiedad.
Había algo relacionado con el dinero que mi padre me había pedido durante años… y con una firma que aparecía donde jamás debió aparecer.
Sonó mi teléfono.
Era Mauricio.
—Gabriela, ¿ya entraron?
Miré la cámara.
Mariana acababa de colocar una fotografía familiar sobre mi chimenea.
—Sí.
—Perfecto. Entonces ya podemos usar el documento que encontramos esta mañana.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Qué documento?
Mauricio respiró hondo.
—El que demuestra lo que tu padre hizo antes de decirle a Mariana que la casa era suya. Y créeme… después de verlo, vas a entender que nunca se trató solamente de quedarse con tu casa.