—¿Y dónde está el dinero?
Nadie respondió.
Ahí estaba la pregunta que faltaba.
Millones de pesos de deuda.
El departamento vendido.
Mi padre desesperado.
Ricardo enviando mis documentos.
Y ninguno podía explicar dónde había terminado el dinero.
Mauricio me pidió hablar afuera.
Cerramos la puerta detrás de nosotros.
—Esto ya no parece simplemente el intento desesperado de salvar una empresa —dijo.
—¿Qué estás pensando?
—Que alguien está escondiendo una operación mucho mayor.
—¿Mi padre?
—Quizá.
Miró hacia la casa.
—O tu cuñado.
Entonces su teléfono vibró.
Leyó el mensaje.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué pasó?
—Pedí que revisaran públicamente las sociedades relacionadas con el nombre que aparece en esos documentos.
—¿Y?
Me mostró la pantalla.
Había una empresa constituida meses atrás.
El representante tenía un nombre que yo conocía.
Ricardo Salas.
Pero había un segundo nombre asociado.