—¿Nuestra deuda también tiene que ver con esto?
Ricardo guardó silencio.
Mariana comenzó a llorar de verdad.
No con rabia.
Con miedo.
Y por primera vez desde que aquello había empezado, dejé de verla como la hermana que había levantado una copa celebrando mi expulsión.
La vi como una mujer que quizá acababa de descubrir que su marido y su padre habían construido una mentira alrededor de ella.
Pero eso no borraba lo que había hecho.
—Quiero que saquen sus cosas —dije.
Mi padre abrió la boca.
—No.
Lo miré directamente.
—No estoy negociando.
—No puedes echar a tus sobrinos a la calle.
—Mariana tiene su departamento en Metepec.
Ella levantó la cabeza.
—Ya no.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Miró a Ricardo.
—Díselo tú.
Ricardo no habló.
Mariana soltó una risa rota.
—Lo vendió.
—¿Vendiste su departamento?
—Necesitábamos liquidez.