—No era tu propiedad.
—¡Pero eres mi hija!
Aquella frase ya no tenía poder sobre mí.
—Exactamente. Soy tu hija. No tu banco.
Los hombres se marcharon después de completar la entrega.
Mauricio continuó revisando.
De pronto se detuvo.
—Hay otra empresa involucrada.
Ricardo intentó acercarse.
—Déjame ver.
Mauricio cerró la carpeta.
—No.
Mi cuñado empezó a ponerse nervioso.
—Esto no tiene nada que ver conmigo.
—Todavía no he dicho el nombre.
Ricardo se quedó quieto.
Todos lo miramos.
Mariana fue la primera en comprender.
—Ricardo…
—No empieces.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—¿Qué hiciste?
Mi padre se levantó.
—Mariana, cálmate.
Ella lo empujó del brazo.
—¡No me digas que me calme! Me trajiste aquí con mis hijos. Me dijiste que mi hermana había cedido la casa. Ricardo sabía de esos documentos y ahora resulta que hay nueve millones de pesos en deudas.
Luego miró a su esposo.