Mi padre levantó su copa dentro de mi propia casa y soltó, delante de toda la familia:

Mauricio parecía pensar lo mismo.

—Señor Mendoza —preguntó—, ¿quién le dijo que necesitaba acreditar ocupación?

Mi padre no contestó.

—Porque para una garantía legítima de un inmueble ajeno, meter a su hija en la casa no sustituye el consentimiento de la propietaria.

Ernesto se sentó lentamente.

Ahí comprendí que existía otra capa.

—Papá —dije—. ¿Qué estabas intentando hacer realmente?

No respondió.

Entonces escuchamos un automóvil detenerse afuera.

Ricardo caminó hacia la ventana.

Su cara cambió.

—¿A quién llamaste? —preguntó.

—A nadie.

Dos hombres bajaron de un vehículo.

Uno llevaba un portafolio.

Mi padre murmuró algo que no entendí.

—¿Los conoces? —pregunté.

No contestó.

Mauricio miró por la ventana.

—No abras todavía.

Uno de los hombres tocó el timbre.

Luego volvió a hacerlo.

Mi padre se levantó.

—Yo arreglo esto.

Me interpuse.

—No.

—Gabriela, quítate.

—¿Quiénes son?

—No es asunto tuyo.

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