Esa frase me dolió más que cualquier insulto.
No porque fuera cruel.
Porque resumía toda nuestra relación.
Nunca me preguntaba.
Simplemente daba por hecho que yo pagaría.
—Te di dinero durante años.
—Y yo soy tu padre.
—Eso no te convierte en dueño de lo mío.
Mariana dejó caer los papeles sobre la mesa.
—Papá, tú dijiste que Gabriela había firmado.
Ernesto no respondió.
—¡Me dijiste que ella había aceptado!
—Necesitabas una casa.
—Yo necesitaba ayuda, no meterme en un fraude.
Ricardo intervino.
—No exageres.
Mariana se volvió hacia él.
—¿Tú también lo sabías?
—Sabía que había un trámite.
—¿Qué trámite?
Ricardo miró a mi padre.
Ese movimiento lo delató.
Mariana comenzó a llorar.
Pero yo todavía no estaba satisfecha.
Había algo que no encajaba.
Si únicamente necesitaban garantizar un préstamo, ¿para qué trasladar físicamente a toda la familia?