Mi padre levantó su copa dentro de mi propia casa y soltó, delante de toda la familia:

No fui a la casa.

Me reuní con Mauricio en una notaría en Toluca.

Sobre la mesa había copias de varios documentos.

El notario revisó la escritura original y confirmó lo que ya sabíamos: yo aparecía como propietaria.

No existía una transmisión formal de dominio a favor de Ernesto ni de Mariana.

Pero había algo más.

Una copia de mi identificación.

Una copia antigua.

—¿Reconoces esto? —preguntó Mauricio.

Sí.

La había entregado a mi padre casi dos años antes para ayudarlo con un trámite familiar.

Entonces recordé algo todavía peor.

También le había enviado fotografías de mi firma.

No para vender ninguna propiedad.

Para otro trámite completamente distinto.

Ernesto había tenido acceso a suficiente información para fabricar una carpeta convincente.

—¿Puede quitarme la casa con esto?

—No de manera legítima —respondió Mauricio—. Una cosa es presentar papeles y otra acreditar legalmente una operación. Pero alguien claramente intentó construir la apariencia de que tú habías autorizado algo.

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