Mauricio comenzó a llorar en silencio.
Yo no podía moverme.
“Pensé que proteger a un hijo significaba evitar que enfrentara aquello que le dolía. Solo conseguí enseñarle que siempre habría alguien limpiando detrás de él.”
Sentí lágrimas en los ojos.
Pero el video todavía no terminaba.
Papá se inclinó hacia la cámara.
“Sin embargo, hay algo que ninguno de ustedes sabe.”
La puerta de la oficina se abrió de golpe.
Karla entró.
—Almirante.
Pausé el video.
—¿Qué sucede?
—Su padre está en la entrada de la base.
Mauricio levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Vino personalmente.
Miré mi teléfono.
Diecisiete llamadas perdidas.
Salí.
Papá estaba al final del corredor acompañado por personal de seguridad.
Había envejecido.
Por primera vez no parecía el sargento mayor retirado que todavía daba órdenes durante las comidas familiares.
Parecía simplemente mi padre.
Cuando me vio, bajó la mirada.