“Tu hermano viene a vivir aquí con sus dos hijos, así que tú te vas. Ya estuvo bueno de mantener a una parásita.”

—Eso hice.

Mi madre golpeó la mesa.

—¡Por eso llamó el banco!

—Sí.

—¡Nos estás castigando!

La miré fijamente.

—Me echaste de la casa y me llamaste parásita. No puedes expulsarme el viernes y esperar que el lunes siga pagando tus deudas.

Esteban soltó una risa incómoda.

—Bueno, tampoco es el fin del mundo. Yo puedo ayudar.

—Perfecto —respondí—. El siguiente pago vence este mes.

Le dije la cantidad.

Su sonrisa desapareció.

—¿Cada mes?

—Cada mes.

Mi madre intervino.

—Solo mientras arreglas las cosas, Mariana.

Ahí estaba.

Ni una disculpa.

Ni siquiera después de echarme.

Simplemente esperaba que siguiera pagando.

—No.

Mi madre abrió la boca.

—¿Qué dijiste?

—Que no.

—Somos tu familia.

—Hace cuatro días dijiste que esta casa por fin sería “una familia de verdad” cuando yo me fuera.

Su rostro se congeló.

Esteban miró a nuestra madre.

—¿Le dijiste eso?

—No exactamente.

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